En ese sentido sostuvo que existe un falso dilema entre eficiencia y ética, instalado por una deformación del pensamiento político moderno. “Durante años se nos presentó la idea de que había que elegir entre eficiencia política y valores morales”, afirmó, y lo rechazóde plano. Apoyado en la teoría de la “eficiencia dinámica”, aseguró que no hay contradicción entre justicia y eficiencia, sino que ambas surgen del mismo principio: el respeto irrestricto de la propiedad privada y de la función empresarial. “Lo justo no puede ser ineficiente, y lo eficiente es justo”, resumió.
Y reivindicó una matriz ética basada en los valores occidentales como condición previa para cualquier política pública. “Resulta inadmisible, desde el punto de vista ético y moral, sacrificar la justicia en el altar de la eficiencia”, afirmó y advirtió que cuando los valores son desplazados por el utilitarismo político, el resultado no solo es injusto, sino también económicamente inviable y socialmente destructivo.
Milei retomó además el tono confrontativo que ya había exhibido en su exposición anterior en Davos y volvió a cargar contra las agendas promovidas por organismos internacionales.
Dijo que esas políticas “no eran otra cosa que socialismo elegantemente disfrazado”, diseñado para seducir a personas con buenas intenciones pero con consecuencias “catastróficas”. En ese punto, citó a Thomas Sowell para reforzar su advertencia: el socialismo “suena bien”, pero “siempre termina mal”.
Y en su diatriba ante Estado sentenció: «No hay motivo que justifique la intervención, toda intervención es una violación del derecho de propiedad».
